Dos veces marginadas

16/May/2014

El País Cultural, por Andrea Blanqué

Dos veces marginadas

El País Cultural, por Andrea Blanqué
Mujeres afro en Uruguay y la región
Negras, afrodescendientes, de color, o mulatas. No importa el término. Están allí, marginadas, reclamando por su condición de mujer, y por su pertenencia a una etnia cuyos ancestros llegaron a esta tierra en calidad de esclavos. Por eso vino la norteamericana Danielle Brown a Montevideo a presentar Memoria viva. Historia de mujeres afrodescendientes en el Cono Sur, un exhaustivo trabajo sobre ellas en Uruguay y la región.
Es una joven mujer de la multicultural ciudad de Los Ángeles. Entre los 24 y 25 años vivió en Uruguay y viajó por Argentina, Paraguay y Chile gracias a una Beca de la Comisión Fulbright para realizar una exhaustiva investigación sobre los descendientes de africanos traídos como esclavos al Cono Sur.
Hoy tiene 27 años y ha vuelto para presentar su libro Memoria viva. Historias de mujeres afrodescendientes en el Cono Sur, fruto de todo ese largo trabajo. Podría esperarse un libro académico, dado que es una graduada en Literatura de una universidad estadounidense, pero justamente su propósito fue ceder la voz a una larga galería de mujeres afro, dándoles la posibilidad de escribir lo que desearan, o entrevistándolas y dejando fuertes marcas de la oralidad en el propio libro.
Memoria viva, que se puede bajar completo desde esta misma página, es una compilación de textos producidos por mujeres que se autodenominan “afrodescendientes” algunas, otras “negras”, con unas palabras preliminares de la investigadora y una conclusión. Lo sorprendente de este libro es que las mujeres que dan su testimonio no son solo uruguayas, sino también argentinas, paraguayas o chilenas, y pertenecen a países donde la invisibilidad de los descendientes de esclavos africanos es casi absoluta.
El rostro de Danielle Brown —si es que el rostro es una página abierta en ese largo libro que es una persona— muestra una evidente fusión de etnias: ojos más bien asiáticos, piel clara, pelo corto y rizado. Pero Danielle se define a sí misma como afrodescendiente: “El término afrodescendiente va más allá del color de la piel, para mí ha sido una lucha personal y política reivindicarme como tal. Mis dos padres descienden de africanos, pero si tú ves a mi papá o a mí misma, puedes pensar que esto no es así. Eso no significa que los trazos o la piel puedan eliminar ese orgullo de ser. Y de eso yo escribo en mi poesía, por ejemplo, y trato de transmitirlo en cada una de las entrevistas que están en este libro, y en mi vida cotidiana. En cuanto al término, creo que usar la palabra negro o afro es una decisión propia, de cada persona, cómo se define a sí misma y al otro. Yo opto por autodenominarme afrodescendiente”.
Un grupo vulnerable
—Varias de las testimoniantes se llaman a sí mismas negras, con todas las letras, como una conclusión rotunda y digna.
—Eso es una decisión personal.
—Es llamativo observar que las mujeres que cuentan su historia en este libro a menudo solo tienen algunos de sus ocho bisabuelos afro, y a pesar de ser minoría en sus ancestros, eligen considerarse mujeres negras: en la balanza de las raíces pesa más para ellas los antepasados africanos que los antepasados indígenas o europeos.
—No creo que un ancestro pese más que otro. Lo importante es con quién la persona se identifica y que se sienta cercana a ese pasado. Que haya un interés de búsqueda por esas raíces. Lo que sí pesa es el enriquecimiento personal, porque cuando un ser humano conoce sus raíces, recibe una gran ayuda y puede modificar la forma de relacionarse con los demás. Si tú no sabes quién eres ¿cómo vas a interactuar con los otros? ¿Cómo vas a sentirte?
—En el caso de la colaboradora argentina aparece una minuciosa investigación sobre su árbol genealógico. Parece haber una mayor necesidad de reencontrarse con esos tatarabuelos esclavos que con los tatarabuelos europeos, que quizás también fueron muy pobres y vinieron como emigrantes huyendo de guerras y hambrunas. ¿Hay quizás una deuda moral mayor con los antepasados africanos?
—Esta pregunta es bien importante porque es en el hoy que existen la discriminación y las desigualdades, y además la Historia solo ha sido contada por algunas voces. Es un hecho que ha habido una discriminación histórica en las Américas (Norte, Centro y Sur) que ha logrado invisibilizar a los afrodescendientes, es decir, a aquellos americanos que nacieron de los esclavos. Buscar las raíces de lo africano que hay en uno es importante porque significa visibilizar lo que fue borrado de la Historia.
—Eso que dices es muy pertinente para la población mestiza: buscar las raíces como forma de compensación por su sufrimiento. Pero ¿qué pasa con una ciudad como Bahía, donde la mayoría aplastante de su población es negra y África está en las comidas, en los rituales, en tantos aspectos de la vida cotidiana?
—Las personas que tienen ancestros africanos en países como los del Cono Sur lo viven como algo que hay que meter debajo de la alfombra, es algo que está soterrado. Por ejemplo, aquí todo el mundo me ha dicho que en Uruguay no hay indígenas… pero por lo que he visto y estudiado sí hay descendientes de indígenas. Y el tema de la esclavitud en el Río de la Plata es algo poco conocido. Me parece revelador que personas que son de aquí, que han nacido y crecido en el Río de la Plata, no sepan lo que pasó en estas tierras. No está bien enseñado en el liceo, en los libros de Historia. Es como si no formara parte de la Historia. Hablar de la trata de esclavos es algo nuevo. Yo hice mi trabajo en Uruguay justamente cuando se estaba en plena campaña de sensibilización para el censo. Se estimulaba a que la persona se definiera si se sentía afrodescendiente. Fue otra manera de hacer el censo, diferente, para que de algún modo estuviéramos más reflejados.
—Entonces cada ser humano elegiría el ancestro del cual quiere recuperar la memoria.
—Las personas, cualquier persona, ya sea blanco, negro, indígena, necesitan reencontrarse con sus raíces, identificarse, saber de dónde provienen. Eso influye en su ser. El problema es cuando te niegan esa posibilidad. Esta es la cuestión de los afrodescendientes. O también, cuando esas raíces implican discriminación, cuando hay miedo de involucrarse con esa identidad, como si fuera algo malo, entonces eso incide en una baja autoestima. Se rechaza la historia detrás de uno, y eso es muy triste. Por eso se declaró 2011 como el “Año Internacional de los Afrodescendientes” y la ONU impulsó el “Decenio de los Pueblos Afrodescendientes en el Mundo” (2012-2022) para trabajar sobre los temas de su reconocimiento, justicia y desarrollo. En una conferencia en Bahía, la ONU decidió que no bastaba con un año internacional, sino que había que continuar realizando investigaciones y actividades, campañas de comunicación, etc., porque en todas partes los afrodescendientes son un grupo muy vulnerable.
Vivir para contarla
—¿Crees que dentro del Cono Sur Uruguay es el país con más conciencia de pertenencia en sus afrodescendientes? ¿O que su identidad está más fuertemente marcada? Una de las mujeres afrochilenas dice que, cuando sale al extranjero y dice que es de Chile, la gente no lo puede creer.
—En todos estos países hay gente que se identifica como afrodescendiente y otra que no. Por eso es muy difícil comparar: ¿quién tiene más, quién tiene menos? Personalmente pasé más tiempo y pude compartir muchas más experiencias con mujeres afrouruguayas, y conozco más la temática en este país. Pero sin duda el discurso de la comunidad afrodescendiente en Uruguay es mucho más fuerte que en otros países. Es muy interesante aquí la lucha del colectivo afro… y está siendo llevada a cabo por mujeres. Son mujeres las que lideran el movimiento, por eso mi libro recoge la voz de ellas. Si vas a una marcha, son todas mujeres. Y eso tiene que ver con lo importante que es en la cultura afro la madre, la abuela, cuán esencial es cuidar a los suyos. Y cuidar también al colectivo afro como si fuera su propia familia.
—¿Eso tiene que ver con que a menudo esas mujeres son madres solas, jefas de hogar?
—En Palermo hay una cooperativa (Ufama) que está constituida por mujeres que están a cargo de su familia. Y ahí percibes esa búsqueda por cuidar a la comunidad, pese a las dificultades económicas. Creo que la mujer afrodescendiente es una luchadora, con una gran fortaleza. En particular las abuelas en la diáspora africana son las que mantienen la memoria colectiva, sus hijos y sus nietos son su propio futuro. Y tiene que ver con la tradición africana: la conversación, la forma de relacionarse con los demás, el transmitir quiénes fueron los antepasados. En mi caso mis raíces me fueron transmitidas por mis abuelas.
—Por eso preferiste para tu libro usar las voces de las mujeres, ya sea en forma oral o escrita.
—Elegí este formato porque se trata de historias de vida. Que forman parte de una Historia que ha sido postergada. En una investigación con lenguaje académico las voces de las personas no están representadas, y me atrevería a decir que tampoco las personas. De hecho, el material académico a menudo no llega a las manos de la gente, así que opté por realizar el libro de una manera colectiva, porque genera empoderamiento personal, colectivo, e internacional. Ahora, cada mujer que participó en este proyecto está vinculada a las otras y se siente orgullosa de que sus palabras estén publicadas. Desde el punto de vista teórico, y también vital, es muy importante escuchar las historias de otras personas desde sus propias voces. Nadie mejor que quien ha vivido esa experiencia para contarla. Los estudios académicos tienen la virtud de dar lugar a temas poco tratados, permiten estudiar estos temas que incluyen la exclusión o discriminación, pero tienen un problema: la voz. Y muchas veces estos colectivos marginales no están involucrados en el proceso de armado del material. Yo me planteé el trabajo así para que estas mujeres sigan adelante asumiendo la palabra como una manera de manifestar su historia. Tuvieron la posibilidad de elegir entre dar testimonio por escrito u oralmente, sin que ninguna de las dos vías prevaleciera sobre la otra. En esta zona del mundo las mujeres afrodescendientes no están bien representadas en la literatura, ni las escritoras afro reconocidas. Y ellas tienen mucho para contar. Pudieron así hablar de la historia de su familia y del colectivo al cual pertenecen.
—Yo creo que hay una gran omisión en la educación uruguaya sobre la esclavitud. Se tratan mucho más otros temas de la Historia. No recuerdo que se haya hecho un documental sobre los esclavos en este momento de empuje del cine uruguayo. Tampoco existe un museo sobre los afrodescendientes.
—La UNESCO ha desarrollado un proyecto sobre «La Ruta del Esclavo». Es un gran proyecto internacional y aquí, desde Montevideo, se ha desarrollado la investigación sobre la esclavitud en la región. Aunque no haya un museo el colectivo afro se está luchando por tener un reconocimiento.
Lograr la autoestima
—Las personas que en Uruguay luchan por los derechos de los afrodescendientes ¿son una minoría letrada?
—Hay muchas organizaciones afro en Montevideo, Salto, Rivera, Melo, Tacuarembó… Yo tuve oportunidad de escuchar sus diversos discursos. Cada uno tiene su manera de trabajar. Aunque se luche por lo mismo, se hace desde diferentes espacios. Por ejemplo, se logró que el Parlamento votara una ley de acciones afirmativas, como que se den becas para estimular a estudiar a los afrodescendientes.
—Las acciones afirmativas han sido exitosas en Estados Unidos, y una excelente señal es Obama. Pero aquí sucede que algunos adolescentes afro no aceptan esas becas en los liceos. Dicen “¿Por qué para mí? Yo soy igual a los demás”.
—Yo creo que esa ley fue un gran logro del colectivo afrodescendiente porque la educación es esencial para salir de la exclusión.
—¿Puede darse que una minoría luche por los derechos de una mayoría que no acompaña esa batalla?
—Bueno, habría que ponerse dentro de cada una de las personas que integran esa mayoría para saberlo. Pero sí, son pocos los activistas en relación a los que no lo son. Puede deberse o no a la educación recibida. No se puede generalizar. Hay personas que se identifican con los activistas, otros no, u otros muestran su lucha a través de su arte.
—Hace poco tiempo fui a un acto afrodescendiente con una amiga angoleña. Y una de las oradoras exclamó: “Nunca más una mujer negra limpiando la mugre de una mujer blanca”. Mi amiga de Angola se sintió mal porque ella, recién llegada de una África bañada en sangre, trabajó como doméstica, mantuvo sus hijos, salió adelante, obtuvo referencias para futuros trabajos: para ella ser limpiadora fue un trabajo digno.
—Hay un vínculo, una historia, en la cual las mujeres afrodescendientes desde la abolición de la esclavitud —en Estados Unidos también— han trabajado como “mucamas”. A través de los tiempos han sido “sirvientas” y sí, es un trabajo, está bien. Lo que pasa es que, por otro lado, la discriminación te obliga a que sea el único trabajo que puedes hacer porque te es imposible conseguir otro. Aunque ser limpiadora no te guste. Y a eso hay que sumar la falta de educación, sobre todo en las mujeres afro del interior, que sufren triple exclusión: por raza, por género y falta de oportunidades laborales y de educación.
—Hablas de falta de oportunidades de educación, pero en Uruguay la escuela, el liceo y la universidad son gratuitos…
—Una de las mujeres de Tacuarembó me comentó que si todos desde que eres niña, en la calle, entre los compañeros de escuela, en el trabajo, dicen de ti: “Pero es un negro…”, “Es un negro de…”, ¿no te sentirás desvalorizada? Y si te sientes así, entonces te dedicas a trabajar para sobrevivir, no sigues estudiando.
—¿Entonces la lacra de la discriminación puede más que la inteligencia del propio individuo?
—Si toda la vida te dicen que no podrás ser abogada, no podrás ser profesora, sino sirvienta, terminas creyéndolo. Y si tu abuela, tu madre, tu tía lo son, terminas siéndolo tú. Lograr la autoestima forma parte de una búsqueda social, que como tal es un proceso. Este libro es una manera de buscar soluciones. En la presentación muchas mujeres lloraban. Si las mujeres se sienten reflejadas en ese proceso, es posible que encuentren el camino. La literatura es una forma de buscar soluciones, de poner sobre la mesa las luchas y la necesidad de modificar el estado de las cosas.
—Me gustó mucho la anécdota de la palangana que cuenta Graciela Leguizamón. Ella recuerda que cuando todos los nietos iban a ver a la abuela, esta, antes de dejarlos ir a jugar, los hacía sentar en rueda y sacaba de debajo de un mueble un latón lleno de libros y revistas. Los hacía leer, mientras ella también pasaba las hojas de un libro. Graciela, que hoy es escritora, se sorprendió mucho al enterarse años después que su abuela era analfabeta. Supo que esa mujer había comprendido que el gran cambio estaba en la lectura, en el estudio. Yo creo que esa abuela tuvo una luz, una revelación: no todos los seres humanos son así. Esta historia conmovedora me llenó de dudas. ¿Tú las tienes?
—No, yo no tengo dudas. Por suerte estoy muy segura.
MEMORIA VIVA. Historias de mujeres afrodescendientes del Cono Sur, de Danielle Brown (compiladora). Linardi y Risso/Embajada de los Estados Unidos, 2013. Montevideo, 199 págs.
[NOTA: en www.sosparte.org se puede acceder a los archivos de video y audio de las mujeres entrevistadas.]